Cochino jabalín.

En el departamento en el que trabajo hemos comprado un cerdo (con perdón). Pero no uno de verdad, en previsión de alimentarnos de sus cuartos traseros en estas fechas que se aproximan, sino uno de barro, hueco y con un único acceso a su interior: una ranurita estratégicamente colocada en su espalda. Está adornado con florecillas en lo que sería el costillar, con el presumible fin de que fuera pintado, pero el fin que le tenemos reservado nosotros es bien distinto: terminar hecho añicos. Las tripas no las utilizaremos para hacer chorizos, sino para darnos todos un homenaje culinario cuando el puerco esté rebosante de euros. La forma de conseguirlos y que lleguen a parar a los entresijos del animalito es precisa: cada vez que alguien haga un comentario pesimista, cuando alguno traiga el desaliento o se deje llevar por la desesperanza, deberá pagar un peaje de un euro que engordará a nuestro cochinillo.

Y la verdad es que estamos consiguiendo el propósito último para el que fue adoptada semejante idea: matar al cochino de hambre y, de darnos un homenaje, que cada uno pague, bien contento, su parte.

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Manzana K.

A todos aquéllos que vieren y entendieren, a todos aquéllos que  habiten en la hermosa ciudad de Granada y a aquéllos que aprovechando el puente por ella pululasen, una recomendación: olviden los planes que tengan para el sábado noche y acudan en tropel al conciertazo que ofrecerá Manzana K en la sala Planta Baja.

Para más información sobre el concierto, el grupo y su música, aquí.

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Granizo.

Estoy sentada en casa, revisando el correo y cotilleando por Internet. El sol sale a ratos cuando ya casi es la hora de que se ponga. Nubes negras juegan con él al escondite y parece que van perdiendo cuando un ruido en la ventana llama mi atención: bolitas de hielo del tamaño de garbanzos golpean con fuerza el alfeizar. Me quedo embobada mirando: el suelo del patio se va tiñendo de blanco mientras el naranja del atardecer ilumina el horizonte. Recuerdo otra tarde de granizo en la que no me dejaron pasar frío. En el patio, algunas vecinas se afanan en recoger la ropa tendida a pesar de ser blancos perfectos de los helados proyectiles. Una de las vecinas no recoge, sino que tiende. Debe conocer algún efecto beneficioso y secreto del granizo sobre la ropa blanca. La granizada pierde fuerza y se convierte en mera lluvia. El hielo retenido en las esquinas de la ventana se va derritiendo poco a poco. Hace mucho más frío. Se acabó el espectáculo. Vuelvo al ordenador y una mariquita se pasea por el teclado. No sé a dónde irá con este tiempo.

La imagen, de paPaya BiZaRRa - Ana Patricia Angulo

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Enigma

No, no aprovecho que Valiada está un poco pachucha para quedarme con su blog, pero a ver si alguien me puede decir qué diferencia hay entre esta foto y ésta.

Al ganador, un lote de productos patrocinado por Kleenex®

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Gripe.

Hoy me han echado del trabajo. Mis compañeros. Dos horas han tardado, justo lo que he tardado yo en vaciar una caja de pañuelos de papel que acababa de abrir. No sé si ha sido por las toses, por los estornudos o porque con la mala cara espantaba hasta a las moscas. Y eso que yo no me encuentro demasiado mal, si no fuera porque respiro exclusivamente por la boca y oigo pompitas estallándome en el oído derecho cuando bebo. Y porque necesito con extrema urgencia un injerto de piel debajo de la nariz y tengo los labios como si hubiese atravesado tres desiertos con sal en la cantimplora, además de tener la sensación de que se me haya caído encima una apisonadora.

Eso sí, en cuanto pueda gritar sin parecer Lola Gaos y me baje la fiebre, voy a volver y se van a enterar.

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Moleskine.

Hace tiempo que oí hablar de ellas. No mucho, lo suficiente para saber que eran objeto de culto y de deseo de muchos. Y no entendía por qué. Pensaba que era una moda snob, que llevaba a la gente a querer un bloc de notas caro que no dejaba de ser una libreta. Hasta que Beaumont se hizo con una y me la enseñó. Al tenerla en mis manos, abrirla y oler ese aroma de papel supe que quería una. Y que la quería ya.

La busqué por mucho sitios, pero no encontraba «mi» modelo. Hasta que un día, por la calle de los sueños de Lorah en Barcelona, la niña de mis ojos se privó de algún que otro capricho por darle uno a su madre. Allí apareció ella, con el objeto codiciado en sus manos dispuesta a hacerme un regalo.

Desde entonces viene conmigo, metida en mis bolsos, acompañada por el libro de turno y las mil cosas que suelo llevar, a donde quiera que vaya. No empecé a escribir en ella hasta varios días después, pues el acto de la primera escritura, el acceder garabateando a ese papel rayado, se me presentaba como un hecho al que había que guardarle el debido respeto. Y empecé a pergeñar alguna historia, a contar vivencias como las que cuento aquí. No han sido muchas y algunas están en este bloc virtual transcritas.

Pero sucede que ahora, ese respeto se ha convertido en aprensión. Llevo algunos días leyendo Los trazos de la canción, de Bruce Chatwin. En el libro, el autor describe a la perfección las Moleskine, las originales Moleskine que le acompañaron en la infinidad de viajes que hizo y que fueron testigo y ayuda inestimable para sus libros. En éste en concreto relata cómo al conocer el fallecimiento del fabricante y de la venta de la empresa por sus herederos, se apresuró a hacer un pedido de cien unidades, que calculó le bastarían para el resto de su vida. Con Chatwin, las moleskine se convirtieron en auténticas libretas de viaje… y después de haber leído lo que he leído de él, me parece casi una profanación seguir haciendo uso de la mía.

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Un año.

Hace justito un año, tal día como hoy, comenzó la andadura de este blog. De su nueva versión, en wordpress y con dominio propio, que no es sino la continuación de aquél que comencé una primavera hace ya… tres años!!

Ampharou.com llegó como un regalo. Literalmente. A la media noche de un domingo el chico guapo y gamberro que me tiene totalmente engatusada me puso delante de la pantalla y me pidió que tecleara esta dirección. Aparecieron el Gato con botas en la pantalla y una sonrisa enorme en mi cara. Luego me enteré de que había dos compinches que lo habían hecho posible, que habían guardado el secreto y que esperaban con impaciencia el desenlace.

La historia hasta hoy la conocéis. El blog ha seguido su curso, ha estado malito y mi webmistress favorita ha conseguido sacarlo a flote nosecuantas veces remozándolo, reparándolo y hasta cambiándole la decoración. Han sido ochenta y tres post en este año (que sí, que ya sé que son pocos. Prometo que para el año que viene serán más) y muchas, muchas visitas de todos vosotros (y de los señores Spam) que hacéis que esto continúe cada día.

Este regalo cumple un año. Su motivo, al que está íntimamente conectado, cumple tres. Y yo nunca he sido tan feliz.

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