¿Os habéis fijado qué magnifica estructura es un pie? ¿Lo bien construidos que están, con lo que deben soportar y las perrerías que les hacemos? ¿Y os habéis fijado en los dedines? No son como los de las manos, que sirven para tanto, sino que parecen que están ahí más para adornar que para otra cosa. Y sin embargo son una parte indispensable del pie, fundamentales en el equilibrio al caminar.
A mí me gustan los míos. De hecho, casi al principio de este blog, hace ya más de cinco años, escribí un post sobre ellos. Me gusta cuidarlos, les pongo cremas, me pinto las uñas, los adorno con anillos y pulseras (es curioso: en las muñecas nunca llevo). No sé si este cuidado se debe a que de pequeña tuve serios problemas con ellos o es que me gustan tanto los zapatos que tengo que mimar donde los llevo.
¿Y a qué viene esto?, os preguntaréis. ¿Es que nos va a dar ahora una clase de pedicura? Nada más lejos. Todo viene a que ayer me di un golpe en uno de los dedos del pie que todavía estoy viendo las estrellas. No sabes cómo duele eso, como le dijo aquél al amigo que llevaba el ojo colgando. Fue una patada a un mueble. Sin querer, claro. Pero es que no hay patadas más fuertes que las que se dan a algo que no has visto. La leche. Ni Maradona, oiga.
Y gracias a que Beaumont me preparó una bolsa con hielo (yo no atinaba a ver la cubitera con las lágrimas) que supongo que me habrá controlado bastante la hinchazón, aunque algo más infladito que el resto sí que está. Incluso un poco más que el gordo. Y me voy a tener que pintar las uñas esta tarde otra vez, que el rojo que llevo ahora no pega nada con el morado del dedo. Total, voy a tener que estar con los pies en alto un buen rato, así que no se me estropeará el esmalte.








Este es el blog de la loquita risueña, la que gobierna mis deseos, la dueña de mis esperanzas. Dos años escuchando su voz, imaginándome un sur que nunca había visto, escarbando día a día para encontrar su camino. Ya lo decía Mozz: Oh darling, it's all for you ...



