PresumÃa ante quien quisiera escucharla que tenÃa tres años más que el siglo. Que el siglo XX, claro. Quedó huérfana casi recién nacida, asà que, al ser criada por su abuela, su educación y sus férreos principios tenÃan medio siglo más que ella. A pesar de ello, se casó con dieciséis años (qué diferentes debÃan ser las niñas de entonces a las de ahora) con un guardia civil viudo con dos hijas que casi tenÃan su misma edad. A los diecisiete tuvo a su primer hijo y vendrÃan dos más, de los que sólo sobrevivió la niña, antes de que la epidemia de gripe del año dieciocho se llevara al guardia civil, dejándole en herencia dos muchachas, dos bebés y todo el genio de la benemérita.
Volvió a casarse, esta vez con un marino gallego y menudo que, entre marea y marea, le dio cuatro hijos más. La última, mi madre, cuando ya tenÃa cumplidos los cuarenta y dos.
Por esa extraña razón por la que en las familias se omiten o se tratan como tabú ciertas historias, poco más sé de ella hasta que empecé a conocerla por mà misma, ya anciana y casi ciega, pero conservando el carácter que le habÃa hecho sobrevivir a ella y a sus hijos.
Tengo varias fotografÃas suyas. La que más me gusta, una fotografÃa amarillenta en la que aparece con su primer hijo todavÃa pequeño y las hijas del primer marido. Apenas tendrÃa dieciocho años, pero su rostro refleja haber vivido más de mil. En otra de ellas aparece con mi abuelo y mi madre todavÃa niña, una niña de la postguerra. No debÃa tener en esa foto ni cincuenta años, y sin embargo nadie le echarÃa menos de sesenta. Pero a la que más cariño le tengo es una en la que yo aparezco con ella, en la azotea de su casa, que era el palacio de mi niñez. Yo, una niña. Ella, ya viejita, con su eterno hábito carmelita desde que quedara viuda por segunda vez y su pelo de un blanco insultante recogido impecablemente en un rodete.
Lo que más recuerdo de ella, el olor a jabón y esos besos que me dejaban doloridos los cachetes durante un buen rato.
Dicen que además de con su nombre, me quedé con su genio. Ojalá fuera cierto.
Este es el blog de la loquita risueña, la que gobierna mis deseos, la dueña de mis esperanzas. Dos años escuchando su voz, imaginándome un sur que nunca habÃa visto, escarbando dÃa a dÃa para encontrar su camino. Ya lo decÃa Mozz: Oh darling, it's all for you ...

29/11/2005 at 9:56 Permalink
Seguro que sí…
Bonitos recuerdos de una gran mujer. Yo no tuve tu suerte, no puede conocer a mis abuelas, apenas tengo un recuerdo de una de ellas y tan siquiera sé con seguridad si es un recuerdo o es algo tantas veces repetido que yo creo recordarlo…
Un beso.
29/11/2005 at 16:28 Permalink
L@s abuel@s son especiales.
Nos entregan tantas cosas…
Yo pude conocer a los cuatro, y gracias a esta memoria mía recuerdo sus caras y hasta anécdotas de mi infancia, aunque hoy por hoy me falten la mitad. Y gracias a mi infancia no me di cuenta de que las personas con la edad y la enfermedad se apagan rápidamente… afortunadamente para mí sólo tengo recuerdos felices de mis abuel@s.
Un beso
29/11/2005 at 23:54 Permalink
Bueno…lo del mal genio lo apoyo ^^
30/11/2005 at 19:30 Permalink
historias de vida, siempre tan nostálgicas, siempre tan vivas.
Aitor
jazzpalabrasywhisky.blogspirit.com
30/11/2005 at 19:46 Permalink
Me gustan las historias de mujeres recias. Y más cuando están bien contadas.
A mí me sobreviven sólo dos, y creo que aprovecho el tiempo que nos quede lo mejor que puedo.