«HabÃa en aquellos tiempos, en Madrid, muchos niños que querÃan ser bomberos. Fue una época pacÃfica y los niños heroicos no tenÃan otro sueño. Porque el bombero era el héroe mejor de todos los héroes, el que no tenÃa enemigos, el más bienhechor de los hombres. Los bomberos eran buenos y respetuosos, dentro de sus grandes mostachos, con sus uniformes de héroes cÃvicos, con sus yelmos como los griegos y los troyanos, pero ecuánimes y corteses, gordos y bondadosos. ¡Honra a los bomberos!
Desde otro punto de vista, eran los grandes amigos del fuego. HabÃa que ver la alegrÃa con que llegaban, el entusiasmo de su faena, el júbilo de sus coches rojos. RompÃan con sus hachas mucho más de lo que habÃa que romper. Hartos de su interminable quietud, les embriagaba la alarma, las llamas les enardecÃan y llegaban eufóricos al incendio. PonÃan en marcha su mecanismo de pura actividad y de pura prisa. VencÃan al fuego, tan sólo porque le demostraban una mayor actividad y una velocidad mayor. Y el fuego humillado, se retiraba a sus cavernas. Ellos conocÃan este secreto, el único eficaz contra las llamas. Ganaban al fuego en aquello en que más se tenÃa por grande: en movimiento y escenografÃa. Le humillaban. Todos los ojos se volvÃan hacia ellos; el fuego nadie lo miraba ya.
CorrÃan menos que una persona normal, pero corrÃan canónica y gimnásticamente; pecho afuera, puños al pecho, la cabeza alta, levantando mucho los pies del suelo y las rodillas hacia fuera y nunca tropezaban unos con otros. Por eso todo el mundo decÃa:
- ¡Qué bien corren!
Nunca sacaban a nadie por la puerta, aunque pudieran, siempre lo hacÃan por las ventanas y por los balcones, porque lo importante para vencer era la espectacularidad. Bombero hubo, que, en su celo, subió a la joven del primer piso, hasta el quinto, para salvarla desde allÃ.
En cada piso habÃa siempre una joven. Todos los demás vecinos salÃan de la casa antes de llegar los bomberos. Pero las jóvenes tenÃan que quedarse para ser salvadas. Era la ofrenda sagrada que hacÃa el pueblo a sus héroes, porque no hay héroe sin dama. Cuando llegaba la hora del fuego, toda joven conocÃa su deber. Mientras los demás huÃan aprisa con los enseres, ellas se levantaban lentas y trágicas, dando tiempo a las llamas, quitaban de su rostro las pinturas y los afeites, soltaban las largas cabelleras, se desnudaban y se ponÃan el blanco camisón. SalÃan por fin, solemnes y magnÃficas, a gritar y bracear en los balcones.»
AlfanhuÃ, Rafael Sánchez Ferlosio.

Este es el blog de la loquita risueña, la que gobierna mis deseos, la dueña de mis esperanzas. Dos años escuchando su voz, imaginándome un sur que nunca habÃa visto, escarbando dÃa a dÃa para encontrar su camino. Ya lo decÃa Mozz: Oh darling, it's all for you ...

14/03/2006 at 19:33 Permalink
Ese libro debería ser de lectura obligatoria en todos los colegios. Es tan bueno que lo puede leer un niño de 10 años y quedarse con la magia, hasta un viejo cascarrabias como yo, que encuentro la magia y aún no encuentro que no quiere desvelar Ferlosio en sus palabras. Tenía el amigo Rafael 25 años cuando lo escribió y demostró como siempre que tiene una escritura genial, y con una magia la cual nunca quiso volver a saber de ella.
16/03/2006 at 10:33 Permalink
Libro mágico, libro de colores, sensaciones, sentimientos. Libro donde todo sucede, donde una veleta caza lagartos, una bandada de pájaros vegetales vive en un castaño multicolor y una marioneta baila por sí sola sobre las mesas de las posadas de Madrid.
Andanzas e industrias de Alfanhuí, el de los ojos amarillos como los alcaravanes.
16/03/2006 at 10:45 Permalink
Sin ánimo de comparar, ya que son diferentes, muchos hablan del principito, el cual me encanta, pero este da un paso más allá. Su lectura naturalmente es más compleja, y te transporta a un mundo aún más mágico.
16/03/2006 at 21:20 Permalink
A mí me ha recordado el libro que me prestó Mizerable hace un tiempo: Cuentos para perros, de Mihura. Es el mismo tipo de humor.
10/10/2006 at 23:06 Permalink
ola!
bueno me gusto esta pag.. es mejor k ongan mas kosaass
xaoo