Cerca de donde vivo han abierto una de esas franquicias de «todo para el hogar» donde puedes encontrar desde un salero hasta una librerÃa de diseño, todo ello pensado para que, por un módico precio, puedas tener una casa como las que aparecen en las revistas.
Antes de navidad, además de otras fruslerÃas, me hice con dos enormes toallas de baño. Y eran tan suaves y confortables, como lavadas con Perlán, que en las rebajas de enero compré otras dos, a fin de ir jubilando, por pura decrepitud, las que me habÃan regalado y compusieron mi ajuar.
De éstas últimas, y tras su segundo lavado (el primero, como mandan los cánones, sin haberlas usado, por mor de quitarles la pelusilla y no parecer un muppet al secarme con ellas), tuve la fortuna –mala- de tenderlas un dÃa que se desató un temporal sin que estuviese yo en casa presta para ir a rescatarlas.
Quiso el azar –y el viento- que mi toalla nuevecita y amarilla se soltase de las pinzas que la sujetaban a mi tendedero y fuese a dar con su felpa en el de la vecina del segundo. Durante dos dÃas peregriné en varias ocasiones hasta su puerta, a distintas horas. Me asomaba de tanto en tanto, tanto para comprobar que la toalla seguÃa allà y no se habÃa precipitado al patio como por ver si vislumbraba alguna luz que me diera noción de que mi vecina habÃa vuelto a casa. Nada. Asà que decidà ir a preguntar a la vecina del tercero, la más cotilla entre todas las cotillas que pueblan el edificio, a ver si me daba norte de la actual depositaria de mi toalla. Y vaya si me lo dio. Resulta que la chica, que trabaja en Sevilla, hace algún tiempo se trasladó a vivir allà y tan solo aparece por Cádiz algún que otro fin de semana.
Mi gozo en un pozo, y mi toalla, condenada a pasar el resto de sus dÃas colgada de un tendedero. Porque allà sigue, desde hace más de dos meses. En ese tiempo, ha hecho sol, ha llovido, venteado, venteado mucho más, incluso granizado, pero nada ha hecho que se suelte de esas cuerdas que recorre en una dirección u otra, según el aire que sople y caiga al patio de donde podrÃa rescatarla.
Cuando tiendo (afianzando bien las prendas con las pinzas, eso sÃ), la miro. Y parece que saluda, la muy okupa.
Si algún dÃa la recupero, estará hecha unos zorros. Ella se lo ha buscado, que entre cuatro tendederos y un patio a los que caer, fue a elegir el único sitio donde no podÃa echarle el guante. Asà que, seguramente, terminará su vida toallil como cama de dos gatos.

Este es el blog de la loquita risueña, la que gobierna mis deseos, la dueña de mis esperanzas. Dos años escuchando su voz, imaginándome un sur que nunca habÃa visto, escarbando dÃa a dÃa para encontrar su camino. Ya lo decÃa Mozz: Oh darling, it's all for you ...




29/04/2007 at 21:17 Permalink
¿Sabes que me recuerda tu historia? pues una pelicula infantil antiquisima y preciosa:”EL GLOBO ROJO” es de un niño mientras persigue su globo cuando se le pierde.
03/05/2007 at 14:11 Permalink
Me ha encantado la historia de tu toalla amarilla, que un día se fugó de casa para conocer mundo y nunca más se supo jejejeje.
Un beso!!