Pero esas extrañas palabras me causaron una enorme impresión. No dejaba de pensar en ellas; sólo después de muchas y variadas relaciones con los hombres comprendà por fin el significado que les atribuÃan. Esto es lo que quieren decir: en la vida los hombres no se guÃan por los hechos, sino por las palabras. Aprecian no tanto la posibilidad de hacer o no hacer algo como la posibilidad de referirse a diversos objetos con palabras convencionales. Esas palabras, que entre ellos se consideran muy importantes, son «mÃo» y «mÃa», y las aplican a toda clase de cosas, animadas e inanimadas; incluso a la tierra, a los hombres y a los caballos. Han convenido que de un objeto determinado una sola persona pueda decir: «es mÃo». Según ese juego que se estila entre ellos, quien está en condiciones de decir «mÃo» a un mayor número de cosas, se considera la persona más feliz. Desconozco la razón de todo eso. Durante mucho tiempo he tratado de explicarme esa situación suponiendo que de ella se derivaba alguna ventaja directa, pero esa interpretación se ha revelado equivocada.
Por ejemplo, muchas personas que me consideraban de su propiedad ni siquiera me montaban; lo hacÃan otros. No eran ellos quienes me daban de comer, sino otros. Tampoco eran ellos quienes me cuidaban, sino los cocheros, los albéitares y, en general, personas ajenas. Más tarde, cuando ensanché el cÃrculo de mis observaciones, me convencà de que ese concepto de propiedad no tenÃa ningún otro fundamento que un bajo instinto animal que ellos llaman sentido o derecho de propiedad, y no sólo con respecto a nosotros, los caballos. El hombre dice «mi casa», pero nunca vive en ella; tan sólo se preocupa de su construcción y de su mantenimiento. El comerciante dice «mi tienda» o «mi pañerÃa», por ejemplo, y el paño de sus prendas es peor que el que vende en la tienda. Hay gente que considera suya una parcela de tierra que nunca ha visto ni pisado. Hay gente que llama suyos a hombres que jamás ha visto; y toda su relación con ellos consiste en hacerles daño. Hay hombres que llaman suyas a algunas mujeres, pero esas mujeres viven con otros hombres. En la vida los hombres no se preocupan de hacer el bien, sino de poder llamar suyas al mayor número de cosas.
Jolstomer (historia de un caballo), de Lev N. Tolstói.

Este es el blog de la loquita risueña, la que gobierna mis deseos, la dueña de mis esperanzas. Dos años escuchando su voz, imaginándome un sur que nunca habÃa visto, escarbando dÃa a dÃa para encontrar su camino. Ya lo decÃa Mozz: Oh darling, it's all for you ...

30/05/2007 at 7:31 Permalink
La gente es muy posesiva, pozezo.
31/05/2007 at 7:18 Permalink
Por un momento pensé en mis sobrinitas, que ya sabes que dicen que este libro es mío, aquella pintura es de Bea pero yo tengo dos más bonitas…etc. Comparandonos pues, con ellas, algo se nos quedó en el tintero a la hora de saber valorar otras cosas menos “intangibles”…
Bss.
31/05/2007 at 20:19 Permalink
Es que el ser humano sabe hablar mucho con la “O”, pero poco con la “U”, y Bucay decía Pero sin “U” no puedo hablar de ustedes, del tú, de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo, de lo tuyo, Ni siquiera de lo nuestro.
1bsto!