Nueve de la mañana. Viernes. Finales de junio. Llego a la oficina y encuentro tres discos encima de mi mesa. No me lo puedo creer. Por fin ha llegado la aplicación que habíamos solicitado a las altas esferas (aplicación que teníamos y que, por el bien del bolsillo de todavía no sabemos quién nos quitaron, dejando los archivos con los que trabajamos totalmente huérfanos y a nosotros con ellos). Sale la informática de un despacho en el que está instalando también un ordenador y se hace la luz.
Once de la mañana. Aplicación instalada. «Cuando reinicies, prueba a abrir alguno de los archivos que os daban problemas. Yo me voy a desayunar». Sus órdenes, oh, deidad. Bien dicho lo de “prueba a abrir”, porque la prueba se queda en eso. Ya que no puedo hacer nada, bajo a tomar un café. Subo. Espero y por no re-esperar, usurpo el ordenador de un compañero para ir adelantando otro trabajo (si, porque además en el mío, me ha dejado sin impresora).
Cuando vuelve, sonriente, me pregunta que qué tal. «Pues fatal, oh, omnipotencia, porque a pesar de tu desvivir por instalarlo, el maldito no funciona». «No desesperes, triste mortal, en cuanto termine con el ordenador de Fulano, me pongo con el tuyo».
Cuando vuelve, sonriente, me pregunta que qué tal. «Pues fatal, oh, omnipotencia, porque a pesar de tu desvivir por instalarlo, el maldito no funciona». «No desesperes, triste mortal, en cuanto termine con el ordenador de Fulano, me pongo con el tuyo».
Una de la tarde. «Me voy. Cuando vuelvas a reiniciar, abre la aplicación». «Muy bien, oh divinidad. Pero –agachando la cabeza- me vas a dejar sin impresora?». «Ahora enviaré a un ordenanza con un cable de red» (por supuesto, no me he atrevido a preguntar dónde habrá ido a parar el que tenía ya).
Prueba sin prueba. Por supuesto, mensaje de «Microsoft no puede abrir el archivo». Inaudito. A pesar de que la divina informática se ha rebajado a pasear su tanga prácticamente toda la mañana por nuestra oficina, ni mi aplicación funciona ni muchas de las del nuevo ordenador de Fulano. Yo, de morros, dimito. Mi ateísmo amenaza con desbordarse.
Prueba sin prueba. Por supuesto, mensaje de «Microsoft no puede abrir el archivo». Inaudito. A pesar de que la divina informática se ha rebajado a pasear su tanga prácticamente toda la mañana por nuestra oficina, ni mi aplicación funciona ni muchas de las del nuevo ordenador de Fulano. Yo, de morros, dimito. Mi ateísmo amenaza con desbordarse.
Fulano llama al Olimpo, implorando un rayo de esperanza. Asistencia remota, no vayamos a tener que subir otra vez. No hay nada que hacer. La venus, con su aterciopelada voz, sentencia, «el lunes llamad a Zutano –el otro informático-, que yo me voy de vacaciones».

Este es el blog de la loquita risueña, la que gobierna mis deseos, la dueña de mis esperanzas. Dos años escuchando su voz, imaginándome un sur que nunca había visto, escarbando día a día para encontrar su camino. Ya lo decía Mozz: Oh darling, it's all for you ...

29/06/2007 at 14:06 Permalink
Que conste en acta, antes de que se me suban a las barbas, que el post no es en contra de los informticos, sino de los ineptos en general, que haberlos haylos y en todos lados y ocupaciones.
Por supuesto, esta el la versin ‘para todo los pblicos’ de lo que se me ha pasado este medioda por la cabeza.
29/06/2007 at 14:28 Permalink
No, si la culpa es tuya por incordiar a la pobre Venus que ya estaba soando con sus inmediatas vacaciones. Deberas saber que la semana de prevacaciones es sagrada. Si yo fuese ella, te metera una demanda por mobbing.
01/07/2007 at 8:36 Permalink
Pobrecita Ana. En tu caso no te qued ni el que la informtica estuviera buena. Ains…
03/07/2007 at 0:39 Permalink
donde este una buena maquina de escribir q se quite lo demas.un saludo y gracias por tu visita