El hombre pequeño habita en el último taburete del fondo de la cafetería. Juguetea distraído con el azucarillo del café que humea entre sus brazos mientras sospecha, más que mira, por encima de sus gafas de concha, a los parroquianos de ida y vuelta del bar.
El hombre pequeño no tiene horas. Las pasa todas en ese rincón, junto a la máquina registradora que tintinea cada comanda cobrada. Lo puedes encontrar cada vez que te acerques a buscar un café mañanero que te despeje media neurona más, en el receso del bocadillo, a la hora del aperitivo, en la comida, el café, el puro y la copa. Estará ahí en el «mañana paella a partir de las dos» o en el «ven a ver el partido del plus». Estará ahí, como un convidado de piedra, o como una visita recién llegada a la que ofrecemos un café, un refresco o una cerveza, según nuestras propias preferencias y lo adecuado de la hora, que él acepta con un tímido «si tú también vas a tomar».
Estará ahí, hasta que el camarero, acostumbrado a su presencia como un día se acostumbró a la máquina de tabaco parlanchina o a la recreativa de las cerezas, empiece a ordenar los taburetes y a barrer el serrín mezclado con colillas. Entonces el hombre pequeño bajará de su pedestal de un salto, enfilará sus pasos hacia la puerta caminando hacia la nada y, sin siquiera volver la cabeza, voceará un «hasta mañana» para quién quiera escucharlo.
El hombre pequeño es también un hombre antiguo. Dejó de preocuparse por la moda hace al menos treinta años, cuando todavía no se había replegado sobre sí mismo y necesitaba ropa tres tallas mayor, la misma que luce ahora, pulcra, impoluta, muestrario de pliegues y cuellos holgados, hombros que parecen codos y codos demasiado cercanos a los puños. El peinado también quedó anclado en un pasado que apenas puede recordar, e intenta emular, a través de un ingenio de arquitectura impasible a los vientos, una cabellera frondosa que dejó de ser lo que era mucho tiempo atrás.
El hombre pequeño no tiene amigos. Las pocas palabras que cruza con otras personas no pasan de ser breves fórmulas de cortesía, porque el hombre pequeño también es un hombre invisible. Él vigila, estudia puntillosamente a cada cliente, asintiendo o negando con la cabeza a una conversación secreta consigo mismo sobre las actitudes o apariencias de los observados. Sin embargo, si preguntásemos a alguno de éstos, casi ninguno sería capaz de recordarlo y alguno, incluso, se atrevería a jurar que nunca jamás hubo nadie sentado en el último taburete del fondo del bar.

Este es el blog de la loquita risueña, la que gobierna mis deseos, la dueña de mis esperanzas. Dos años escuchando su voz, imaginándome un sur que nunca había visto, escarbando día a día para encontrar su camino. Ya lo decía Mozz: Oh darling, it's all for you ...
28/06/2008 at 18:13 Permalink
Guau, me ha encantado
Qué bien recreado.
29/06/2008 at 15:14 Permalink
Casi que he conseguido ver al hombre pequeño..si algún día me lo cruzo por alguna calle de Cádiz estoy segura de que sabré identificarlo…me ha encantado el texto!
29/06/2008 at 16:03 Permalink
Maravilloso, Ana. Qué bien escrito.
Besos admirados
30/06/2008 at 10:48 Permalink
brutal, ana, brutal.
01/07/2008 at 10:22 Permalink
Es un texto precioso.
Yo he visto alguna vez a ese hombre. Tengo, incluso, alguna foto de él.
Te la mandaré.
Besos.
01/07/2008 at 10:35 Permalink
Aquí la tienes:
http://www.flickr.com/photos/landahlauts/2627776650
01/07/2008 at 13:18 Permalink
¡Plás, plás, plás!
Si fuera tú dejaría este texto encima de la barra, de forma discreta, para que el hombre pequeño lo encuentre. A mí me gustaría saber que he servido de inspiración para algo así.
01/07/2008 at 14:22 Permalink
Hola niña de mis amores… tienes un toque maravilloso a la hora de relatarnos tus días… Nunca cambies.
Cuidate mucho
Besos
01/07/2008 at 23:49 Permalink
Jo tia, cuando te pones tremenda eres la leche. Me ha encantado este relato y como poco visitante de bares sin embargo puedo decir que es un tipo muy común.
02/07/2008 at 0:02 Permalink
Muchas gracias a todos, me alegra que os haya gustado. En verdad, sí es un personaje real, o dos, o tres.
Sí dejaré de visitar pronto esta cafetería, la cambiaré por otra, seguro, llena también de personajes extraños. Fijaos que hasta Landa ha encontrado a ‘mi’ hombre pequeño en Granada. Sólo hay que fijarse un poco. Vaya a la que vaya a partir de ahora, seguro que no faltan estos personajes. Y dentro de poco, uno más: la mujer que lee, toma café, fuma y, sobre todo, mira.
Besines para todos.
02/07/2008 at 17:03 Permalink
¿Soy yo?
16/07/2008 at 12:53 Permalink
¡’¡¡Qué arte tienes, niña!!! Conmueve y emociona, y hace pensar. Un beso.
La ilustración me encanta, es una pasada