El método

brillo

Fregando (momento de meditación intensa) los cacharros el otro día, recordaba  cuando era una niña,  no sé exactamente con qué edad, y  mi madre  consideró que era lo suficientemente mayor como para tener responsabilidades en la casa, aparte de los pequeños recados que ya hacía (bajar a por el pan, comprar La Casera, ir a entregar alguna prenda que ella había cosido a su dueña…). En fin, que durante el curso nos teníamos que dedicar a estudiar y nos liberaba de esos quehaceres, pero en vacaciones los distribuía según las capacidades y las edades. En esos tiempos que digo que recordaba, a  mí me tocaba limpiar el polvo por las mañanas y fregar después del almuerzo entre semana. Lo de limpiar el polvo lo llevaba bien, porque lo que más hacía era monear con todos los adornos, repasar los libros una y otra vez, mirarme al espejo durante horas, bailar con las cortinas y seiscientas payasadas más… Pero el fregao… el fregao era una auténtica tortura. Primero porque remoloneaba hasta lo imposible, con lo cual sufría el antes y el durante; y después, porque, una vez puestas las manos a la obra, quería quitármelo cuanto antes de encima y fregaba de aquella manera. Con lo que no contaba era con la afición de mi madre a pasar revista, y con que a poco que encontrara un poco de pringue en algún cacharro, todos volvían a la pila a la voz de ‘¡esto está llorando por Granada!’, hermosa metáfora, emuladora de Aixa, de los chorreones que la grasa deja en los cacharros mojados. Así, tenía que volver a fregarlos… total, que yo pensaba que mi madre era una explotadora de menores, lloraba y moqueaba, muy dickensiana yo, con el estropajo en la mano, me compadecía de mí misma en la preadolescente que era. Me enfadaba con ella, prometía dejar de hablarle, imaginaba que me ponía en huelga, o que me escapaba, o yo que sé cuántas cosas más mientras me afanaba con la sartén de turno y los cuatro platos (porque pocos tiestos a fregar eran más que esos, seguro). Y así día tras día de aquellos veranos que tienen color de polaroid.

Pues sí, en eso se entretenían mis pensamientos el otro día, mientras terminaba de fregar mis brillantísimas cacerolas…

 

 

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