Pantera Rosa

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Debía tener yo unos cuatro años. Hasta entonces había vivido en una especie de asilvestramiento al que le quedaba muy poco. Una tarde, de vuelta de casa de mi abuela, o de jugar en la Plaza Candelaria, pasando por la calle Sacramento entramos en Óptica Iglesias, o Casa Iglesias, como creo que se llamaba entonces. Había que comprar una maleta para mi inminente entrada en el colegio. Creo que la elegí yo: estaba colgada en la pared, una cartera de plástico azul, con su cremallera y su asa beig. En la parte delantera, dos bolsillos transparentes dejaban ver un auténtico tesoro: un pequeño cuaderno, cuadrado, para colorear, y una caja pequeñita de lápices Alpino.

Al llegar a casa, mi madre, rigurosa, no me dejó tocar la cartera. Es para el cole, dijo, temiendo que no llegara viva a su fin. Lo que sí me dio, porque, evidentemente, al colegio no se lleva nada que pueda distraer a los infantes y sería utilizado exclusivamente en casa, fue el cuaderno de colorear y los lápices. Yo, que hasta entonces había vivido feliz, tuve mi primera decepción: el cuaderno era de los típicos, páginas interiores llenas de ilustraciones, el modelo coloreado en una y la silueta por colorear en la contrapuesta. El problema estaba en las que hacían de portada y contraportada. En la primera, un pez con el cuerpo redondo de color amarillo fluorescente y las aletas azules; en la última, el mismo pez en blanco y negro que yo debía colorear. Y ahí se puso de manifiesto mi TOC: yo no tenía el color amarillo fluorescente. En la caja de Alpinos de la maleta sólo venía un amarillo pollo. En los que ya tenía de antes, sólo encontraba un amarillo limón. Intenté sacar el color del modelo apretando mucho el lápiz contra el papel, pero no conseguía que fuera el mismo. ¡Lo feliz que hubiese sido teniendo un marcador amarillo!, pero entonces no conocía yo esa tecnología de vanguardia. Así que ya tenía al pobre pez a medio pintar, sólo con las diversas pruebas de los distintos lápices. Lo había estropeado, así que deseché el cuaderno sin preocuparme siquiera de colorear las páginas interiores.

A los pocos días empezó el colegio. Me dejaron en una clase donde había niñas que lloraban sin que yo lograra entender por qué. Era mi primer curso, en párvulos, y claro, había otras chiquillas que ya habían estado el año anterior en maternales y ya estaban más espabiladas que yo en las lides colegiales. Se les notaba, por ejemplo, en que te soltaban su nombre completo, con el nombre y los dos apellidos. Una de ellas, al presentarnos, me dijo ¿No te da miedo? No lo comprendí hasta años después, cuando caí en la cuenta de que su segundo apellido coincidía con el de un señor vagabundo que aterrorizaba arrojando piedras a la chiquillería que, inocentemente, se metía con él.

Ese primer día, por supuesto, pude estrenar mi cartera azul. A la hora del recreo, cargué con ella al patio, desconfiada de perderla de vista y porque, a falta de nada más que llevar, mi madre había puesto en ella mi desayuno: un pastelito Pantera Rosa, que es el pecado calórico más delicioso que pueda imaginar. Alargar el placer de comerlo empezando por la cobertura rosa a pequeños pellizcos, para terminar comiendo el bizcocho relleno de crema y relamiendo lo que hubiese podido quedar pegado al envoltorio…

Todo este ladrillo viene a cuenta de que, días pasados, al ir a meter una botella de agua en el pequeño frigo que tenemos en el cafetal, me encontré un paquete de panterasrrosas… y todo esto salió de algún rincón de la memoria, como si esos pastelitos fueran la magdalena de Proust o el ratatouille de Anton Ego.

 

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2 Comments on "Pantera Rosa"

  1. malatesta
    22/05/2015 at 7:07 Permalink

    Me asombra la cantidad de detalles que recuerdas de esa edad. Yo tengo solo pinceladas, instantes sueltos.
    Y sí, el olfato y el gusto nos traen los recuerdos con mucha facilidad. En mi caso, el pastelito de mis amores era el Konti. Ya no lo fabrican, pero ahora en Mercadona venden unas tartas de chocolate rellenas de mermelada que saben casi igual.

  2. ampharou
    12/08/2015 at 11:30 Permalink

    A mí el Konti me sabe a casapuerta, cuando ya empezaba a pandillear y con los tonteos con los niños… que soy más vieja que tú, Malatesta!!! Eso sí, más vieja y todo ¡estaba buenísimo!!

    Besines!!!

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